Don Medardo Aparcana Hernández – Ilustre Maestro Ocucajino

Dedicado a las generaciones que bebieron de su sapiensa.

La vida educativa de Ocucaje se puede dividir en tres etapas: la primera que, con el respeto de los buenos maestros que seguro existieron, se desarrolló antes de la labor del Maestro de Maestros, el ilustre don Medardo Aparcana Hernández. La segunda, que abarca los años en que cumplió su trabajo tan insigne educador, y la tercera, que empieza cuando aquel se retira de la docencia. Su mérito es haber sabido sembrar escuela para los futuros profesores ocucajinos. Su estilo de enseñanza permitió la comprensión de todos, los conocimientos que transmitió eran fáciles de asimilar.

El maestro Medardo se distinguió enseñando a un grupo de alumnos de distintos caracteres e ideas. La escuela fiscalizada 1842, a la que dirigió siempre, la convirtió en un gran laboratorio, en donde los moradores le llevaron piedras toscas. Cuando terminaban su ciclo, salían bien pulidas y listas para iniciar otra etapa de estudiante.

Ahora la educación se caracteriza por el trabajo en grupos y colectivos. Él se adelantó al tiempo, hacía formar a los educandos en circulo y él en medio. Ahí explicaba y preguntaba. Cuando se daba cuenta del cansancio, hacia bromas, contaba chistes, cuando todos estaban relajados proseguía con su tarea.

Fue un visionario. Ya para terminar el tercer año de primaria –solo se enseñaba hasta ese año– les iba diciendo lo que iban hacer en el futuro. A mí me dijo: algún día vas a ser profesor de letras, a pesar que en Cálculo le sacaba buenas notas. No se equivocó, pues me gradué de profesor de “Historia y Geografía”.

Le vi por primera vez allá por el año de 1951. Mi madre me llevó al a escuela para que iniciara la transición. Cuando se despidió, estallé en llanto. Otros hacían lo mismo. Se acercó con sus pausados pasos que lo acompañaron siempre. Su sonrisa y las palmadas paternales encima del hombro nos infundió confianza. A medida que pasaban los días nos hizo querer a la escuela. Lo pudimos ver entonces en su dimensión humana y física. Era alto, cuerpo atlético, piel clara, bien rosada. Tenía una frente pronunciada y de cabellos finos, cuando se ponía terno y corbata y su sombrero -que no dejaba-, se asemejaba a un caballero inglés.

Todos, grandes y chicos le mostrábamos un gran respeto. Innumerables generaciones no podrán pagarle todo lo que hizo por nosotros. Cada vez que paso por el hoy local en ruinas de la escuela, parece verlo parado delante del centro educativo en donde dejó lo mejor de su vida.

Por lo que representa para la educación del actual pujante distrito de Ocucaje, por haber sido guía y sembrado lo que ahora se cosecha, es que su nombre lo lleva la actual institución educativa. Su estrella seguirá guiando a los nuevos maestros de Ocucaje. Los de la generación pasada, que lo conocieron, mientras vivan seguirán recordándolo. Las nuevas generaciones, al ver su nombre en la parte alta del Alma Mater del distrito, preguntarán por su vida y al conocerla seguirán evocando al Maestro de Maestros.


Profesor Enedino H. Díaz Aparcana

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