Nasca sigue de duelo por la partida del Dr. Ricardo Cruzado Rivarola

- 57 años de su trabajo profesional fue realizado en esa bendita tierra.

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Reseña de su trayectoria, contada por su hijo Juan Carlos Cruzado Arce:

Aunque mi papá, el gran doctor don Ricardo Cruzado Rivarola nació, fue criado, estudió, se enamoró y se casó en Lima, la ciudad de Nasca -de alguna manera misteriosa, como todos sus milenarios y gigantescos geoglifos del desierto- ejerció siempre una extraña, pero muy seductora atracción en su vida.  Décadas antes que comenzara su vínculo directo con la ciudad del eterno sol, sus abuelos, Emeterio Cruzado, de Cajamarca, y Eugenia Guevara Mostazero, de Trujillo, encuentran en Nasca el refugio perfecto para comenzar sus vidas de casados, lejos de la familia de ella que no aprobaba la unión matrimonial.  En Nasca, la joven pareja abre un próspero negocio de talabartería y traen a la vida tres hijos: Arcadio, Amador (mi abuelo), y Enrique. Cuando fallece Emeterio (él está enterrado en Nasca), la viuda Eugenia no tiene otra salida que regresar a Trujillo a criar a sus tres hijos. Amador (nasqueño) crece aprendiendo mecánica en las grandes haciendas azucareras del norte, cuando los repuestos para los ferrocarriles eran escasos y demoraban mucho tiempo en llegar en buques de vapores desde Europa, y era más factible fabricarlas en los grandes talleres. Sus habilidades mecánicas aprendidas le sirven para conseguir trabajo en grandes factorías en Lima, Chimbote y, finalmente, en la Mina Sol de Oro, en las afueras de Nasca (mi padre de niño vivía en Lima, pero solía pasar los meses de verano visitando a su papá en Sol de Oro, junto a sus hermanas).

Pasan los años y mi padre crece en Lima, donde estudia Medicina en la Facultad San Fernando. En la universidad, mi joven padre estudia y trabaja como jefe de Práctica con el Dr. Vargas Machuca, quien le tiene aprecio y le ayuda conseguir un puesto vacante con el ministerio, y así llega a Nasca, en 1953, a trabajar en el Hospital Sagrado Corazón.

Pasaría los siguientes 57 años de su vida dedicándose a cumplir a cabalidad con su juramento hipocrático, siempre dispuesto a salvar vidas sin importarle horas ni días especiales, y creyendo firmemente que la medicina era para ayudar al prójimo y no para hacer dinero. Siempre fue ejemplo de la honradez, la moral, la integridad, la dedicación, la disciplina, y fue un hombre de principios, con valores fijos, donde la familia, la educación y el velar por la salud pública siempre fueron sus prioridades.

Hoy, las generaciones de pacientes que atendió, sin distinción socio económica, tienen cientos de historia que contar, que están escritas en las vidas de todas esas personas que tuvieron la suerte de ser tocadas por este ser único que vivió y actuó siempre en beneficio del prójimo, y que nunca le cobró al necesitado.  

A mí solo me queda estar eternamente agradecido y orgulloso de poder haber tenido a un superhéroe de carne y hueso como mi padre, y al pueblo de Nasca por honrar a mi padre con su cariño y respeto. Él se sentía muy honrado de saber que su querido pueblo eligiera nombrar el Hospital de Apoyo en su honor. Yo trataré de vivir mi vida para honrar su memoria, seguir sus ejemplos y sé que si algún día llegara a ser una décima del hombre que fue mi papá moriré feliz. ¡¡Te quiero mucho Papi!!

Cabe indicar, que el Dr. Joel Rolases Pacheco lamentó su partida y emitió sus condolencias, y la de todo su personal, a toda la familia.

Descanse en paz doctor y goce de la gloria del señor, con su eterna compañera.


Miguel Luque Urpe

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