UN PUNTO DE VISTA: Universidad: ¿cómo alcanzar la calidad?

Escrito por: Raúl Bravo Sender

Con la dación de la nueva Ley Universitaria (Ley Nº 30220), el enfoque que se le ha pretendido dar a la educación superior es el de la calidad, bajo ciertos estándares establecidos por la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu).

Sin embargo, resulta oportuno que nos hagamos ciertas interrogantes sobre lo que en verdad es –o debiera ser- una universidad. Y planteo esta interrogante por cuanto hoy en día se alega un supuesto derecho a la educación para exigirle al Estado que lo provea.

Hoy en día muchas universidades, tanto públicas como privadas, atraviesan un proceso de licenciamiento de la entidad mencionada, que les permitirá seguir operando y brindando el servicio educativo de formación profesional, previo cumplimiento de dichos estándares.

¿En verdad la educación es un derecho? Todo derecho implica una relación entre un acreedor y un obligado. El primero es quien puede exigir el derecho –y seríamos cada uno de nosotros-. Sin embargo, ¿quién o quiénes serían los obligados? ¿A quién le exigimos dicha prestación?

-“Al Estado”- aclama la mayoría. Aquél, para satisfacer la demanda educativa, nos grava con tributos a todos los ciudadanos. Por ello, quienes asumimos dicho costo somos los contribuyentes. Bastiat dijo en una ocasión que el Estado es la manera como todos viven a expensas de los demás.

El poder político invita a la corrupción. Hoy en días las universidades nacionales financiadas con presupuesto público son gestionadas por órganos de gobierno que cuentan con participación tanto de los docentes como de los estudiantes. Verdaderos escenarios de toma de decisiones políticas.

Cuando la política ingresa a los claustros universitarios, entonces el conocimiento pierde libertad. Por el contrario, las universidades están llamadas a convertirse en el refugio de los librepensadores, frente a los excesos del poder político.

En efecto, desde que los estudiantes y los docentes se dedican a hacer política dentro de las aulas, entonces dejan en un segundo plano el estudio y la enseñanza y enfocan sus esfuerzos en contar con influencias en las esferas de poder para conseguir notas aprobatorias o adhesiones a candidaturas.

Es penoso ver cómo los recursos públicos son despilfarrados para financiar a personas que, alegando tener derecho a la educación, han convertido a las universidades públicas –en su gran mayoría- en polvorines de tomas de locales, subordinando el conocimiento a la política.

Las iracundas mayorías, que arroyan todo a su paso, han hecho de la educación un derecho, cuando su naturaleza es la de ser un bien. Al haber ocurrido esto, ha perdido valor. Y a ello se debe el que hayamos caído a los más bajos niveles de mediocridad.

Todo el conocimiento que hemos logrado hasta hoy siempre ha sido resultado del esfuerzo de individuos que contaron con las condiciones de libertad en un régimen competitivo apartado de la política. Hoy, desde la política educativa del Estado, se pretende mejorar la calidad de enseñanza superior.

Si realmente queremos lograrlo, despercudámonos de la idea que sostiene que la educación es un derecho. A la Universidad solo deben ingresar quienes demuestren superior capacidad para soportar un riguroso régimen de enseñanza y aprendizaje, inclusive sacrificando otros aspectos.

Y superemos aquella otra equivocada idea de asumir que solo puede lograrse éxito estudiando una carrera profesional. Las universidades han monopolizado la acreditación de conocimientos. Hay gente que ha salido adelante solo con esfuerzo y audacia. El mercado se encarga de premiar a quien está a la altura.


rantoniobravo@hotmail.com

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