Tradicional peregrinaje al santuario de la santa patrona de Ica Virgen del Rosario de Yauca

Referirnos al anual peregrinaje al Santuario de la Virgen de Yauca, es recordar tiempos muy agradables en donde se confundía la devoción católica iqueña con presencias tradicionales que aún se mantienen a través de los años. Ir en peregrinación a Yauca era un compromiso familiar ineludible, que se traslucía con la multitudinaria presencia de padres, hijos y nietos, y tener la dicha de contemplar la majestuosidad de nuestra santa patrona.

Muchas familias iniciaban el peregrinaje a partir de la ciudad. Se dirigían hacia el camino que conducía a la antigua hacienda de don Francisco Flores Chinarro, llegando hasta “Horno Viejo”. En ese lugar se iniciaban dos rutas. Una hacia el caserío de Tallamana y otra que se dirigía por la Hacienda Santa Rita, de don Quintín Zárate, ambas vías culminaban en el caserío El Arenal.

A partir de El Arenal, se podía apreciar la inconfundible presencia de puestos que expendían los inconfundibles tamales acompañados del pan de leña, el respectivo “café de olla” y, por supuesto, no faltaba el “pisco puro”, un trago para calentar y el otro para “no quedarse tuerto”. Los peregrinos continuaban su ruta hacia Los Aquijes. Continuaban por la antigua ruta hacia Los Piscontes pasando por la Hacienda La Solano y llegar hasta La Achirana.

Desde La Achirana seguía una pasaje largo que lucía muy iluminado. La mayoría de las casas tenían apostadas en sus respectivos frontis las “pailas de tamales”, ofreciendo sus ricos productos a los peregrinos. Eran tiempos en que los tamales eran los “verdaderos tamales” que contenían maní, ají y la aceituna aderezada que le daban un especial e inconfundible sabor al tradicional potaje iqueño.

El peregrinaje se hacía ameno. A partir de la Cruz de Los Piscontes, se iniciaba el tramo más difícil. En ese entonces no existía el asentamiento humano “El Rosario”, era un tramo empedrado. Desde la cantera se iniciaba la pampa, que era puro arenal, y no había una ruta definida. Algunos se dirigían hacia la falda de los cerros y otros se dirigían directamente hacia la zona de “Piedras Blancas”, en donde existe hasta hoy una cruz. En ese lugar los peregrinos hacían un alto para recobrar fuerzas.

Con el descanso respectivo, los caminantes iniciaban el último tramo de su peregrinaje. Era un trecho de alrededor de cinco kilómetros de “tierra muerta” y también sorpresivas subidas y bajadas que dificultaban el paso y lo hacían más penoso. Si no había luna, muchos peregrinos equivocaban la ruta y se perdían, al extremo que iban a parar a Cocharcas. Eran tiempos en que ir en peregrinaje a Yauca era un verdadero sacrificio.

Los peregrinos que cumplían su promesa de día, sufrían las inclemencias de un fuerte sol, pero se veían beneficiados porque siguiendo la ruta larga se encontraban con sembríos de sabrosas y rojas sandías y melones que podían coger a bajo costo o, en otros casos, los propietarios se las obsequiaban para que pudieran paliar el sacrificio de su peregrinaje. Hoy en día todos los sembríos han desaparecido. La zona se ve árida y seca. Ya no hay cultivos de ninguna especie, hasta las pozas de algodonales han desaparecidos.

Los peregrinos, al arribar a Yauca, directamente se dirigían al templo para escuchar misa y ganar las “gracias”. Cumplida la promesa, los peregrinos trataban de ganar los pequeños huarangos para cobijarse bajo su sombra. Algunas familias llevaban menaje de cocina para preparar sus alimentos, otras lo llevaban ya preparados. También había familias que solicitaban los potajes que expendían conocidas matronas iqueñas que se caracterizaban por su rica sazón. No faltaban los gigantescos camarones provenientes del río de Pampahuasi, el arroz con pato, la carapulcra, los tallarines rojos, los infaltables chicharrones En lo que se refiere a la fruta, no faltaban las manzanas, los duraznos, los nísperos Japón, los pepinos, las sandías y los melones de tajada. En lo que a dulce se refería, no faltaba el inconfundible “colao chinchano”, la alcayota, el membrillo y otros deliciosos dulces.

A las doce del mediodía, se llevaba a cabo la Misa de Fiesta. El templo estaba tan abarrotado de peregrinos que muchos se veían obligados a escucharla en el atrio, soportando estoicamente el inclemente sol primaveral. A partir de la cinco de la tarde se iniciaba la procesión. La venerada efigie de la Virgen del Rosario de Yauca, en hombros de sus feligreses, iniciaba el recorrido alrededor de la Plaza visitando cada uno de los cuatro Altares de Tallamana, Yajasi, Pachacútec y Los Aquijes que estaban apostados en cada una de las esquinas del cuadrilátero de la plazuela.

Durante el recorrido, los feligreses cubrían el manto de la Virgen con billetes de distintas denominaciones. Pasadas las ocho de la noche, la Virgen de Yauca retornaba a su templo. A partir de ese momento se iniciaba el masivo retorno de los feligreses a sus respectivos hogares. Los Altares iniciaban su retorno al día siguiente comandados por sus respectivos mayorales, quienes al arribar a su lugar de origen ofrecía un almuerzo bailable a los habitantes, culminando así su mandato y procediendo a la elección del nuevo caporal para el año siguiente.


Por José Luján Loza

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