COLUMNA DEL CONDE CHAUCATO : Nasca: aquel paraíso de chirimachas

Hemos leído científicos e ilustrativos trabajos titulados: “Estudios sobre Trypanosomiasis americana en el Perú. Observaciones en el departamento de Ica” (1946); “Infección natural de triatominos con trypomastigote de Trypanosoma Cruzi en la Provincia de Nazca, Departamento de Ica” (Agosto 1996) Por: Norma Uyema T. y Edgar Montalván S.

Asimismo, una “Encuesta de Seroprevalencia de la Enfermedad de Chagas”, en nueve localidades en la provincia de Nasca, después del sismo ocurrido en noviembre de 1996.

También se hizo el estudio considerando su relación directa con Arequipa, Apurímac, Ayacucho, donde se habían encontrado indicios de terrible enfermedad. Ya existían denuncias: “…entre los años 1978-1979 el Programa de Control de Chagas informó que 05 provincias del departamento de Ica estaban infestadas con Triatoma Infestans en: provincia de Ica: 25 localidades, Palpa: 40 localidades, Nasca: 122 localidades. Pisco, rastro antiguo con 02 casos del cercado. Chincha con 02 manzanas en el distrito de Pueblo Nuevo”

Colaboradores de la cruzada en 1946 fueron el Dr. Félix Torrealba, de Ica, y el Ing. Guillermo Arévalo, de Nasca.

En Ica hurgaron en la calle Tacna, en una conocida cochera llamada “El Carmen” y también en la casona de la familia Villagarcía, de la familia Nieri, de la familia Baiochi y en la propia, del Dr. Torrealba. Felizmente, todas las muestras recogidas en Ica no arrojaron triatomas infestados.

En Nasca investigaron en el jirón Lima (casa de la familia Suárez) y en el “Barrio de las Latas” y otros lugares: se tomó muestras a 174 personas y 32 animales. El resultado también fue negativo.

Nosotros, amable lector, nacimos en Nasca, en 1953, en la casona de nuestra abuela materna, inmueble que, como todos los del cercado de Nasca y alrededores, estaba construido de vigas y “tijerales” de huarango, las paredes, de adobe y el techo de “torta” (barro y paja”). Allí nomás pasamos a vivir en un solar independizado pero que limitaba con el corral de la abuela.

En aquellas épocas de nuestra niñez, nuestro pueblo era asolado por chirimachas, grandes zancudos, mosquitos y otros bichos. Por ello era costumbre y tradición que, en los dormitorios, sobre cada cama colgaban los “mosquiteros” hechos de finísimo tul. Para contrarrestar el ataque de esos insectos que generalmente se posicionaban al atardecer, en todas las casas del pueblo, usando latas como “mecheros” se atacaba dentro de ellos, hojas verdes de eucalipto, junto con “boñiga” (heces) seca de burro. Al encenderlo, se elevaba copando el dormitorio de un humo denso, efectivo repelente sin efectos tóxicos para las personas.

Pese a todas esas precauciones, los insectos se ingeniaban para burlar y atacar. Podría decirse que crecimos rascándonos del tremendo escozor que producía la picadura de zancudos, mosquitos y, sobre todo, de las chirimachas, picadura de ésta última que producía como respuesta alérgica de la piel, una rosácea hinchazón en forma de “pan”.

Rápidos para desplazarse, por lo menos los jóvenes, y astutos todos para ocultarse en resquicios y grietas de techos y paredes, y especialmente en los pliegues de la ropa de vestir y la de cama. En la oscuridad de la noche, se desplazaban sobre el techo y se dejaban caer como paracaidistas sobre la cama. Si el mosquitero presentaba alguna abertura, por allí ingresaban.

Al alcanzar adultez, dicho insecto emana un olor nauseabundo e insoportable, especialmente cuando se le aplasta. Cuando todos dormíamos, nuestro padre se levantaba y dirigía a la sala, al comedor y la cocina. Y nos despertaban sus maldiciones al bicho y el ruido que producía al matar uno a uno a docenas de insectos que bajaban desde el techo, por las paredes.

Cuando fuimos adolescentes, integramos un “Comando de Aniquilamiento”: alrededor de las 11 o 12 p.m. y detrás de nuestro padre, algunos tíos y primos mayores, ingresamos marcialmente al corral. El chivato, recostado en el suelo, pasivamente y moviendo las mandíbulas de un lado a otro, nos vio ingresar. El siempre agresivo pavo, intransigente con los intrusos, también se hizo de la vista gorda. Docenas de cuyes y varios conejos adoptaron similar actitud, cruzando inteligentes miradas de entendimiento. El gallo, supremo monarca del recinto, resentida su autoridad desde que llegó el pavo, no intentó aletear ni cantar para dar la clarinada de alerta. Igualmente sucedió con los patos y dos gansos, éstos últimos que suelen ser alaracosos. Docenas de palomas, unas suspendidas sobre alambres y otras acostadas en sus nidos acurrucando a sus crías, no se asustaron. Tampoco protestaron las sufridas gallinas. El sepulcral silencio de la estancia y de sus moradores parecía consecuencia de unánime consigna: ¡Libre y ancho paso a sus Libertadores!

Puestos delante de los “nichos” donde anidaban las aves, sostuvimos un lavatorio repleto con querosene. Entonces, con sumo cuidado, y una a una, nuestros mayores levantaron a las palomas y a las gallinas, alzándoles las alas. Al alumbrarlas con una linterna, aparecían ante nuestros estupefactos ojos, ¡racimos de chirimachas! Las cuales hacían caer dentro del lavatorio. La paciente labor concluyó a altas horas de la noche. De veras que el lavatorio pesaba. Salimos de ese lugar con un enorme y valiosísimo testimonio que hubiera facilitado estudios más sesudos sobre este insecto, por lo menos en Nasca. Y se hubiera rectificado el concepto de que los cobayos (cuyes) son los favoritos para hospedar a esos insectos.

Muchos años estuvirton Nasca, Ica y demás pueblos de la región, abandonados al imperio de zancudos y chirimachas. Felizmente, y hasta donde supimos, no hubo una peste o enfermedad endémica masiva. Por extraña razón, los triatomas no estuvieron infestados del virus “Tripanosoma Cruzi” cuyos genes pueden convivir en el organismo durante muchísimos años y causar enfermedad que conduce a la muerte.

Reconozcamos, sin embargo, que “no hay mal que por bien no venga”: el terrible terremoto de 1996 tuvo la virtud de echar abajo muchísimas construcciones antiguas que contribuían al hábitat de la chirimacha: las nuevas construcciones del moderno pueblo de Nasca han favorecido su erradicación y, asimismo, la decidida y oportuna fumigación para combatir el Mal de Chagas, efectuada una primera y segunda vez en el año 2000.

Se ha señalado que pocos estudios existen como los que hemos comentado, sobre la enfermedad de Chagas en Nasca: de Arévalo en 1946 y Ayulo en el mismo año y Tejada en 1962, Figueroa en 1967 y Yon Fabián en 1995.


condechaucato@yahoo.es

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